Adela Legrá, una imagen fundida a nuestro cine

Por: Julio Martínez Molina «Adiós sentido a Adela Legrá, actriz cubana, cuya interpretación de una campesina humildísima que busca la emancipación, inmortalizó Humberto Solás en su emblemática Lucía, iluminada por su rostro de auténtica cubanía», escribió el Primer Secretario del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez | internet@granma.cu

La actriz en una imagen icónica del tercer cuento de Lucía (Humberto Solás, 1968). Foto: Cortesía ICAIC

La actriz Adela Legrá, fallecida ayer en Santiago de Cuba, representa uno de los rostros esenciales vinculados a la iconografía de la pantalla nacional revolucionaria.

Fueron tomadas, para no olvidar jamás, esas imágenes suyas en experiencias audiovisuales de la década del 60 del pasado siglo (como Manuela o Lucía), a las cuales siempre devolvemos la vista por la fuerza de esa mirada agreste, algo salvaje, que atraviesa la pantalla a golpe de lozanía, furia y una vehemencia que trae tanto de campo, raíz y verdor, como de ganas de creer en sí misma.

De origen campesino, nacida en Caimanera, Guantánamo, el 17 de octubre de 1939, conoció de la experiencia del trabajo en el surco, antes de que el maestro Humberto Solás la escogiese para el protagónico de Manuela (1966), mejor mediometraje cubano del año para los críticos de la época.

Él sacó de un cafetal a la muchacha que no había logrado ni terminar el segundo grado de primaria, para conducirla a un plató: un cambio que no todos tienen la madera para afrontar; menos con un saldo positivo, como fue el caso de aquella fuerza salida del monte que cautivó a la cámara gracias a su fotogenia y su rarísima y montaraz belleza.

Actuaba con las entrañas, improvisando y extrayendo un poco de su visión indómita de apreciar el mundo, desde la rabia de un carácter difícil que tuvo no pocos encontronazos con el director de Miel para Oshún y Barrio Cuba (en las cuales también ella intervino), a veces procurados por el realizador sin que ella se diera cuenta cabal, para sacar de sí la tempestad que habitaba su ser.

Adela llama sobremanera la atención en Manuela, a todos y al mismísimo Solás (quien posiblemente fue entonces cuando tomó conciencia exacta de la gema que acababa de descubrir), por la visceralidad interpretativa de un talento natural, sin estudios de arte dramático, que tanto convence en este rol sobre la transformación moral de un ser humano.

Así, Humberto la vuelve a convocar, bien pronto, para uno de los clásicos de la pantalla cubana e iberoamericana: Lucía (1968).

En este largometraje también encarna a una joven campesina, pero ahora no libra una lucha interior por superar sus deseos de venganza e integrarse a otro combate necesitado de lo mejor de sí, en la lucha guerrillera, como en Manuela. En el tercer cuento de Lucía, su personaje debe enfrentarse a un esposo machista, quien la cela y coarta sus ansias de realización e intereses personales.

Nadie la comprendió y valoró como Solás, aunque además de los cuatro largometrajes hechos para él, formó parte del elenco de numerosos filmes para Sergio Giral (Rancheador);

Octavio Cortázar (El brigadista);

Enrique Pineda Barnet (Aquella larga noche); o Humberto García Espinosa (Algo que debes hacer).

A estos cuatro filmes, rodados durante la década del 70, sumaría otros para Jesús Díaz (Polvo rojo); Luis

Felipe Bernaza (Vals de La Habana Vieja); Tomás Piard (La próxima vez y El castillo de cristal); Gerardo

Chijona (Adorables mentiras), entre otros en los cuales figurarían algunos para realizadores españoles.

El significado histórico de Adela Legrá dentro del cine cubano ha sido atestiguado, de forma directa o tangencial, en documentales cinematográficos, reportajes televisivos, crónicas y artículos periodísticos.

De los primeros, resulta obligatorio ver Manuela, el rostro rebelde del cine cubano (Manuel Jorge, 2017), en tanto representa una obra fílmica que mucho contribuye a conocer la personalidad y la obra artística de la Legrá, esa imagen que nos acompaña, con el sombrero de yarey de Lucía o sin este, mas siempre magnética, enigmática, pugnante, insumisa, en lucha por ser ella misma.

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