Más rápido cae un mentiroso

Donald Trump es el peor de los presidentes de Estados Unidos, dice The New York Time.

Por: Oscar Sánchez Serra
Que Donald Trump es un mentiroso empedernido no es noticia. El propio Washington Post, según un enjundioso artículo del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá, firmado por Carlos Hernández-Echevarría, le contabilizó nada menos que 30 573 embustes en sus primeros cuatro años como Presidente de Estados Unidos.

Somos lo Peor, parodia a la incompetencia del gobierno de Trump.
Somos lo Peor, parodia a la incompetencia del gobierno de Trump.

Entre esos engaños estuvo su primera falacia oficial en la vida política, cuando anunció, el 16 de junio de 2015, que aspiraría a ocupar la principal silla de la Casa Blanca. Dijo, entonces desde Nueva York, en su famosa torre, que «nunca se ha visto una multitud como aquella», pero años después, su director de campaña explicó que los participantes habían recibido 50 dólares a cambio de su actuación.

El refranero popular sentencia que más rápido cae el mentiroso que el «cojo»; el poeta inglés Alexander Pope, sentenció que «el que dice una mentira no sabe que tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar 20 más para sostener la certeza de la primera». Por esa enjabonada senda pasa la mitomanía del magnate emperador.

«Mi gobierno ha aplicado todas las medidas posibles de presión y daño contra Cuba (…) No creo que se pueda ejercer mucha más presión, salvo entrar y destrozar el lugar», aseguró el pasado jueves, en una entrevista con Hugh Hewitt.

El que más ha vilipendiado la verdad, hasta devaluarla, ya no tiene cómo sostener sus patrañas. Dice y reconoce tácitamente que no es el Gobierno de Cuba el inepto, que no es el Estado cubano el fallido, incapaz de mejorar la vida de su pueblo, como se han jactado de decir él y su escudero jefe del Departamento de Estado, Marco Rubio. En otras palabras, se cogió la mentira con la puerta.

Está acuñando que el bloqueo, su recrudecimiento con más de 240 medidas coercitivas no más iniciar su segundo periodo de mandamás; la inclusión en la arbitraria lista de países patrocinadores del terrorismo, la persecución de las finanzas de la Mayor de las Antillas por el mundo entero, el implacable acecho a todas las fuentes de combustible, para que no llegue ni una gota a la Isla; la sarta de mentiras sobre Cuba en las redes sociales y una enfermiza guerra mediática son las causantes principales de la situación en Cuba.

Lo ha dicho sin cortapisas, cayendo primero que el «cojo», así se traduce la frase «Mi gobierno ha aplicado todas las medidas posibles de presión y daño contra Cuba». Al propio tiempo le demuestra al mundo la capacidad de resistencia y de victoria de una nación hostigada hasta la saciedad por el imperio más poderoso que haya conocido la humanidad.

Para colmo, y a fin de sentenciar el embrollo que él mismo ha armado, expresa que lo único que le queda por hacer es «entrar y destrozar el lugar», lo cual es parte de otra de las estrategias de la guerra sicológica: la intimidación.

Lo que sucede es que, con Cuba, y con la unidad de su pueblo y su heroísmo, el cuento es más largo; porque ya también la avalancha de sus tretas lo han llevado de bruces a reconocer que el patriotismo que arropa a la Revolución Cubana ha sido el bastión impenetrable que ha impedido que el imperio entre en este pequeño pedazo del Caribe. Tanto es así, que la única verdad que ha dicho, refiriéndose a Cuba, justamente el pasado jueves, es que «son duros, un pueblo duro. Un gran pueblo».

En 67 años de Revolución, Cuba ha vencido todas las maniobras imperiales estadounidenses, incluyendo las descritas como terrorismo de Estado. Es decir, la utilización de métodos ilegítimos por parte de un gobierno, orientados a inducir miedo o terror en la población civil para alcanzar sus objetivos o fomentar comportamientos que no se producirían por sí mismos; o lo que es lo mismo «entrar y destrozar».

Como su invicto Comandante en Jefe, Cuba es un pueblo antimperialista, no antiestadounidense, su fuerza es la de las ideas y los principios, no el odio y el fanatismo. Pero antes de intentar entrar, recuerden al General de Ejército Raúl Castro Ruz cuando dijo que «La patria no se vende, se defiende», y que la invencibilidad ante el imperio se asienta en el precepto fidelista de que Cuba «sabrá mantenerse como ejemplo de una Revolución que no claudica, que no se vende, que no se rinde, que no se pone de rodillas».

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