Por: Pastor Batista
A 148 años del Pacto del Zanjón, es otro el enemigo, pero la apuesta es la misma, rendir a los cubanos| pastor@granma.cu

En su decursar, la historia registra acontecimientos que tienden a repetirse o, al menos, a semejar bastante.
La Protesta de Baraguá, por ejemplo, (15-3-1878) es uno de los que el tiempo encarna una y otra vez, como expresión de dignidad patriótica, de pura cubanía.
El antecedente de aquella altruista postura, protagonizada por Antonio Maceo, estuvo, sin embargo, en un hecho diametralmente opuesto, conocido como el Pacto del Zanjón (10-2-1878), cuyo aniversario 148, por tanto, se cumple hoy.
Silvio lo resumiría genialmente hoy con esa clarísima frase en la que hace constar que «me vienen a convidar a indefinirme, me vienen a convidar a tanta…»
Y es que, como en aquel crucial momento de la Guerra de los Diez Años, el llamado astuto, calculador e iluso del enemigo vuelve a ser ahora a la capitulación, la rendición, la humillación, la deshonra.
Podemos imaginar la euforia con que el alto mando español debe haber acogido la firma, por un grupo de políticos y militares cubanos, de aquel tratado cuidadosamente concebido por el General Arsenio Martínez Campos, calificado por Maceo como «una rendición vergonzosa», ante la cual protestó.
¿De qué se valió el enemigo? De escasez crónica de recursos, desgaste, escaso apoyo por parte de la emigración radicada en Estados Unidos, división, desaliento, regionalismo, falta de unidad…
Ahí está ahora el emperador Donald Trump queriendo confundirnos para llevar al país a otro Zanjón o lo que es igual: a aceptar sumisamente las condiciones de una paz que todo el mundo sabe que huele a infierno o a una transición con nuestra caja de velocidad embragada en marcha atrás.
No terminan de entender, de una buena vez, que Cuba atesora demasiada historia para traicionarse a sí misma, que no necesitamos buscar ejemplos fuera porque nos sobran aquí dentro, que nuestro único pacto posible es con la soberanía y que frente a zancadillas ignominiosas la respuesta es la mismita de Maceo cuando le dijo a Martínez Campos: «No nos entendemos».
Luego, entregado al –repito- muy sano ejercicio de meditar, el propio Titán de Bronce diría: «Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos».























