Por: Isabel María Ferrera Téllez Santiago de Cuba no es solo la Tierra Caliente por el rigor de su clima; lo es, fundamentalmente, por la temperatura de su historia y el temple de su gente.

En esta urbe, donde cada calle empinada parece conducir a un acto de heroísmo, la resistencia no es una palabra estática, sino un verbo que se conjuga diariamente en la invención, el sacrificio y la negativa rotunda a claudicar.

Desde hace más de seis décadas, el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos se ha erigido como un cerco que pretende asfixiar la cotidianidad del santiaguero. Sin embargo, lo que los arquitectos del asedio no calcularon es que, ante la carencia material, el cubano responde con una efervescencia espiritual y creativa sin parangón.

El bloqueo es real, es y es un obstáculo objetivo que limita desde el transporte hasta la mesa del hogar; pero frente a él, Santiago ha levantado un muro de ingenio.

Es en los talleres ferroviarios, en los campos de cultivo que bordean la Sierra Maestra, en los laboratorios de sus universidades y en el pequeño negocio de barrio donde se libra la verdadera batalla. Resistir en Santiago es «inventar» lo que no hay, recuperar la pieza que el mercado nos niega y transformar el revés en victoria, tal como lo enseñó el liderazgo histórico de la Revolución.

José Martí, el más universal de los cubanos, nos advirtió en su ensayo fundamental Nuestra América sobre los peligros que acechaban a nuestras tierras. Con una vigencia asombrosa, el Apóstol sentenció: «¡Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y del marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes«. Ese «gigante de las siete leguas«, el imperialismo que desprecia lo que ignora, se ha estrellado una y otra vez contra la hilera de árboles humanos que es Santiago de Cuba.

La unidad y la creación son, precisamente, esa fila infranqueable de la que habló Martí.

Fidel Castro, quien siempre sintió por Santiago una devoción especial, comprendió que la fuerza de la nación reside en su capacidad de renovarse sin perder la esencia. Fidel nos enseñó que la resistencia no es solo aguantar, sino avanzar a pesar de todo. Él depositó su fe más inquebrantable en las nuevas generaciones, consciente de que el relevo no es solo biológico, sino moral.

Hoy, cuando las presiones se recrudecen, el panorama santiaguero confirma que siempre habrá un joven dispuesto a luchar.

No es una consigna vacía; se ve en el joven soldado que custodia la costa, en el estudiante que se moviliza a la agricultura, en el artista que defiende la identidad y en el científico que, contra todo pronóstico, desarrolla soluciones soberanas. La juventud cubana ha heredado la terquedad luminosa de quienes asaltaron el Moncada.

Santiago de Cuba sigue siendo el bastión donde el gigante de las siete leguas se detiene. Porque mientras haya un santiaguero creando donde otros destruirían, y un joven firme donde otros claudicarían, la isla seguirá siendo el faro de dignidad que Martí soñó y Fidel materializó.

Ante el bloqueo, la respuesta sigue siendo la misma: crear es nuestra forma de vencer.























