La guerra en manos del algoritmo

Jugando a laguerra conra la paz de nuestros inocentes

Por: Emilia Reed
Cuando matar se convierte en un proceso más rápido, más remoto y más eficiente, la barbarie deja de ser una excepción y funciona como una industria (especial para Granma | internet@granma.cu

Comunicación digital y desafíos en Cuba
Comunicación digital y desafíos actuales

Estados Unidos ha usado de forma intensiva los drones en lugares como Afganistán, Irak, Siria y Yemen.

Hubo un tiempo en que la guerra se decidía sobre mapas de papel, con oficiales inclinados sobre una mesa, llamadas por radio y horas –a veces días– para verificar una información antes de apretar un botón.

Hoy, en cambio, la guerra empieza a parecerse a una pantalla: imágenes de satélite, vídeos de drones, sensores, coordenadas y una inteligencia artificial que cruza todos esos datos en tiempo real.

Ese sistema se llama Proyecto Maven, y entenderlo permite discernir una parte decisiva del nuevo poder militar de Estados Unidos.

Dicho de manera sencilla, Maven es una herramienta creada para que el ejército estadounidense pueda ver más, decidir más rápido y atacar antes.
Recoge enormes cantidades de información, la mayoría de fuentes abiertas, que ningún analista humano podría procesar por sí solo y las convierte en «puntos de interés» o posibles objetivos. No sustituye del todo al operador, pero sí le marca el ritmo. Y ese ritmo ya no es humano.

El Pentágono comenzó a impulsar seriamente este proyecto en 2017, cuando buscaba algoritmos capaces de analizar vídeos de drones, detectar objetos y transformar grandes volúmenes de imágenes en inteligencia útil a gran velocidad.

Uno de sus primeros socios fue Google. Pero cuando se supo que la empresa colaboraba con este programa militar, miles de trabajadores se rebelaron y exigieron su salida del proyecto.
Google intentó presentarlo como una colaboración para usos no ofensivos, pero la presión interna fue tan fuerte que acabó retirándose. Ese episodio mostró muy pronto que detrás del discurso amable de la innovación, las grandes tecnológicas ya estaban entrando de lleno en la maquinaria de guerra.

Los datos ayudan a entender la magnitud del cambio. En las primeras 24 horas de la guerra contra Irán, Estados Unidos atacó mil objetivos, según Bloomberg.

Diez días después, la cifra había subido a 5 000 objetivos, un ritmo que antes habría requerido semanas. El propio aparato militar aspira a ir todavía más lejos: identificar y seleccionar 1 000 objetivos no en un día, sino en una sola hora.

Cuando la guerra se acelera de esta manera, también se reduce el tiempo para pensar, dudar o verificar. Uno de los ataques del ejército estadounidense en Irán alcanzó una escuela y provocó la muerte de al menos 175 personas, en su mayoría niñas.

El Pentágono puede decir que el sistema ayuda solo a «identificar y recomendar objetivos», pero cuando la cadena de decisión se acelera hasta este extremo, el margen para corregir errores se achica y la distancia entre una mala lectura de datos y una carnicería es mínima.

Maven no lo ha construido solo el Gobierno estadounidense. Detrás están Palantir, que desarrolló Maven Smart System, y también Amazon, Microsoft y Clarifai, entre otras compañías privadas. Es decir, la guerra ya no se fabrica solo en cuarteles y arsenales. También se diseña en las grandes tecnológicas que utilizamos a diario, lo que nos dice que el viejo complejo militar-industrial se ha modernizado, habla el lenguaje de la innovación y se apoya en empresas que organizan nuestra vida cotidiana digital.

Por eso Maven importa más allá del campo de batalla. Muestra un mundo en el que la guerra se privatiza, se automatiza y se torna opaca; un mundo en el que la decisión sobre quién vive y quién muere se desplaza del juicio político hacia el cálculo técnico.

Y cuando matar se convierte en un proceso más rápido, más remoto y más eficiente, la barbarie deja de ser una excepción y funciona como una industria. Es la versión moderna de los hornos crematorios de los fascistas alemanes.

Donald Trump es el peor de los presidentes de Estados Unidos, dice The New York Time.
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