Capiró jugó para Cuba y para los cubanos

Por: Oscar Sánchez Serra

Varios peloteros recuerdan a la leyenda habanera | internet@granma.cu

Muchos lo consideran el mejor jardinero izquierdo de las Series Nacionales. Foto: Archivo de Granma

Fue el primero en llegar a cien jonrones en Series Nacionales, cruzó antes que ningún otro la barrera de los 20 cuadrangulares en una temporada, en la de 1973, con 22. Ganó seis campeonatos mundiales y su número 9 en la espalda era sinónimo de beisbol.

Desde muy temprano enseñó su poder. La primera vez que se paró en el cajón de bateo en las campañas cubanas, le pegó jonrón a Manuel Rojas, de Centrales.

Muchos lo recuerdan en las praderas de los terrenos, pero también actuó en primera base, el campo corto y hasta lanzó. Sí, en su estreno en la Serie Nacional 1967-1968 le tiró un relevo de tres innings a Las Villas, con tres ponches incluidos, y aseguró la victoria de su conjunto.

Pero su grandeza rebasó los límites de sus descomunales batazos y de su poderoso brazo, que todos íbamos a ver al estadio, cuando desde el jardín izquierdo salía la pelota de su mano en un viaje supersónico hacia cualquier base para sellar un out importante. Él hizo galante el juego de pelota, por su elegancia, el respeto y el amor que le profesó.

Armando Capiró Laferté no fue sepultado ayer, tras su deceso en la tarde del pasado jueves. Se hizo inmortal con su don de gente, con su infinita lealtad a los aficionados y a los miembros de sus planteles.

Fue admirado y respetado por compañeros y rivales. Rey Vicente Anglada, excelso defensor de la segunda base y su coequipero, dijo en una entrevista televisiva que muchos lanzadores lo golpearon con sus envíos, pero él no se quejaba porque volvería a enfrentarlos y entonces la pelota comenzaba un vuelo infinito hasta más allá de las cercas.

Rodolfo Puente, más de 12 años capitán del Cuba y ocho veces campeón mundial, lo retrató: «Capiró es una mezcla de fuerza y velocidad, de potencia y serenidad, de firmeza y bondad. Un hombre muy querido, porque se dejaba querer».

Pedro Medina, de sagaz inteligencia, expresó: «Armando tenía lo que llamamos cinco herramientas, poseía fuerza y potencia, buen promedio ofensivo, era rápido en bases, un brazo infernal y excelente defensor».

El zurdo Mario Fernández, pitcher de los equipos orientales en las primeras Series Nacionales, nos contó que en un terreno municipal, cuya edificación detrás de home dejaba ver un placer, Capiró conectó un foul atrás «que cayó a un kilómetro. Ahí mismo le dije al receptor que le daría boleto y me respondió que por qué. Le respondí: Este da jonrón hasta para atrás».

Figuró en 14 temporadas con las plantillas capitalinas de Metropolitanos, Habana e Industriales, y también con Occidentales. Pero, sobre todo, jugó para Cuba y para los cubanos, con una modestia y una humildad que se iban por arriba de su impresionante geografía humana con cerca de un metro 90 centímetros y 87 kilogramos.

Ser como él equivale a enriquecer el beisbol, y constituye el mejor homenaje que podría hacerle la nueva generación de peloteros.

Capiró jugó para Cuba y para los cubanos

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