Por: Tania Frometa Álvarez y Naomi Quintana Caminar por las calles del Distrito Abel Santamaría, en la zona alta de Santiago de Cuba, es encontrarse de frente con la definición más pura de la palabra «resiliencia».
No es un término académico; es lo que se respira cuando el sol aprieta sobre los bloques de apartamentos y la vida se organiza entre la carencia y la voluntad.
Hablar hoy del impacto del bloqueo económico y financiero de Estados Unidos contra Cuba no es repetir una consigna; es mirar el rostro de las madres, los obreros y los jubilados de este populoso asentamiento santiaguero.
Para un vecino del «Abel Santamaría», el bloqueo tiene nombre de escasez. Se siente cada mañana cuando el aroma del café falta en las casas porque el barco no llegó a puerto a tiempo debido a la persecución financiera.
En los agromercados de la zona, los precios no son simplemente números, sino el reflejo de una logística asfixiada por la falta de combustible y piezas de repuesto para los camiones que traen las viandas desde el campo.
Sin embargo, en medio de este panorama, surge la inventiva popular. En los patios de los edificios y en los pequeños espacios de tierra, han florecido los organopónicos.
El bloqueo intenta vaciar el plato, pero la voluntad del santiaguero se empeña en llenarlo.
El Policlínico de la comunidad es, quizás, el punto donde el bloqueo muestra su cara más cruel. Es un desafío diario para los médicos de la familia y las enfermeras, quienes ven cómo se dificulta el acceso a medicamentos de última generación o a reactivos específicos para laboratorios. A pesar de esto, el programa de vacunación no se detiene y la atención a las embarazadas sigue siendo sagrada. El impacto es real y duele, pero la soberanía científica de Cuba, forjada bajo el mismo asedio, permite que hoy los niños del Abel Santamaría jueguen en los parques protegidos contra enfermedades que en otros países son mortales.
Vivir allí implica, para muchos, trasladarse hacia el centro de la ciudad para trabajar o estudiar. Aquí, el bloqueo se traduce en la falta de neumáticos, baterías y lubricantes para los ómnibus urbanos. Las paradas se llenan, la espera se hace larga bajo el implacable sol de Oriente, y el transporte privado eleva sus costos por la misma falta de insumos.
El impacto en la infraestructura eléctrica también es notable; los transformadores que fallan y cuya sustitución tarda meses por las trabas comerciales son una herida abierta en la cotidianidad de la familia santiaguera.
Si algo no ha podido bloquear la política hostil de Washington es la alegría y la cultura en el Distrito. Las instituciones culturales de la zona, aunque limitadas en recursos materiales —desde cuerdas para guitarras hasta papel para dibujo— siguen siendo faros de resistencia. El bloqueo busca el desánimo y apuesta al estallido social mediante la asfixia económica, pero se estrella contra una realidad que no entienden desde las oficinas en Washington: el sentido de pertenencia.
El habitante del Abel sabe que sus problemas tienen causas internas que se deben resolver, pero tiene claro que el muro externo es el principal obstáculo para su desarrollo pleno.






















