Por: Bryan Mut Martínez
Portadas web y Video:Santiago Romero Chang Hay hombres que nacen para ser leyenda, pero hay otros, mucho más escasos, que nacen para ser pueblo: Juan Almeida Bosque, el Comandante de la Revolución, pertenece a esa estirpe de seres cuya huella no se borra con el paso de los años, sino que se profundiza en el barro de los caminos y en el asfalto de las ciudades que tanto amó.

Al cumplirse un nuevo aniversario de su natalicio, la memoria se vuelve hacia la Loma de la Esperanza, en el corazón de la Sierra Maestra, donde su figura sigue custodiando el horizonte cubano con la misma firmeza con la que empuñó el fusil y la pluma.
Hablar de Almeida es hablar de la humildad elevada a la categoría de heroísmo.
El joven albañil que un día decidió que su destino estaba ligado a la libertad de su patria, trajo consigo desde los barrios humildes de La Habana una nobleza que ni los grados militares ni las más altas responsabilidades lograron alterar.
Su grandeza radicó, precisamente, en nunca dejar de ser ese hombre de pueblo, de trato afable, sonrisa pronta y una capacidad infinita para escuchar a los humildes.

En él, la Revolución encontró un rostro humano, cercano y profundamente auténtico.
Su hoja de servicios a la Patria es un compendio de entrega absoluta. Desde el asalto al Cuartel Moncada en 1953, donde formó parte de la Generación del Centenario, hasta la odisea del yate Granma, Almeida demostró que la valentía es una forma de lealtad.

Nadie podrá olvidar jamás aquel grito que se convirtió en el ADN de la resistencia cubana en Alegría de Pío: «¡Aquí no se rinde nadie. c…!». Esa frase, nacida en un momento de incertidumbre y fuego, no fue solo una orden militar, sino una declaración de principios que ha guiado a Cuba a través de las décadas.

Su liderazgo en el III Frente Oriental «Dr. Mario Muñoz Monroy» consolidó su genio estratégico, logrando una simbiosis perfecta entre la guerrilla y el campesinado de la zona, fundando un territorio libre donde la justicia social comenzó a ser realidad mucho antes del triunfo definitivo de 1959.
Pero Almeida no fue solo el guerrero de acero; fue también el artista de alma sensible.
El «Músico Comandante», como cariñosamente se le recuerda, nos dejó un legado cultural que trasciende las fronteras de lo político. Con más de 300 canciones y una decena de libros, demostró que la sensibilidad no está reñida con la disciplina militar. «La Lupe» es hoy un himno de amor y nostalgia que vive en la garganta de los cubanos, y sus crónicas literarias son testimonios indispensables para entender la fibra emocional de la lucha revolucionaria.

Almeida entendió, como pocos, que una revolución que no canta y que no escribe su propia historia, está incompleta.Este legado, rico y polifacético, encuentra hoy puerto seguro en las nuevas generaciones.
En Santiago de Cuba, la ciudad que lo adoptó con fervor, los jóvenes no ven en Almeida a una figura lejana de los libros de historia, sino a un referente cotidiano.

David Alejandro Medina Cabrales, un joven santiaguero que ha crecido bajo la sombra protectora de las montañas que Almeida ayudó a liberar, expresa con convicción:
«Para nosotros, los jóvenes, Almeida no es una estatua de mármol ni un nombre en una placa. Es el ejemplo vivo de que se puede llegar a lo más alto sin olvidar nunca de dónde se viene. Su firmeza en los momentos más difíciles de la Sierra nos enseña que, ante cualquier adversidad económica o política, la rendición no es una opción. Él nos enseñó que la lealtad a los principios es lo que define a un verdadero patriota».
Por su parte, Sheila Ibatao Ruiz, otra joven que mantiene viva la llama de su memoria desde la sensibilidad artística, comenta:

«Lo que más me inspira del Comandante es su capacidad para encontrar belleza incluso en medio de la guerra. Como joven cubana, siento que su mayor legado es habernos enseñado que la cultura es escudo y espada de la nación. Cuando escucho sus canciones o leo sus versos, entiendo que la Revolución es también un acto de amor y de creación constante. Almeida nos invita a ser revolucionarios integrales: firmes en el deber, pero con el corazón siempre abierto al arte y a la belleza de nuestro pueblo».
Hoy, a las puertas de su centenario, Juan Almeida Bosque sigue caminando por la Sierra Maestra.
Su legado es una fuerza viva que impulsa a la juventud cubana a construir el futuro.
Su ejemplo de hombre de pueblo, su valentía de guerrero y su sensibilidad de artista confluyen en un solo mensaje: la Revolución se hace con fusiles, sí, pero sobre todo se hace con el alma. Almeida vive, hoy más que nunca, en cada cubano que se niega a rendirse.






















