Cada tercer domingo de julio, la ciudad se viste de fiesta para honrar a quienes aún creen que las nubes son de algodón y que el amor cabe en un abrazo.

La Mayor de las Antillas dedicó este día a sus niños, y Santiago no es la excepción: parques y plazas se transformaron en escenarios donde la fantasía cobró vida entre títeres, canciones y el ir y venir de los más pequeños.
Porque en ellos, como sentenció Martí, habita la promesa de los días venideros. Son la chispa que enciende la esperanza, la fuerza silenciosa que mueve hogares y comunidades, y la razón para insistir en construir un mundo a su medida.
Dueños de una sinceridad desarmante, su mirada limpia nos recuerda lo esencial.
Hoy, mañana y siempre las calles santiagueras son del pueblo y la paz acogerá siempre a los niños y niñas quienes llenan de color y algarabía cualquier entorno.
Los juegos tradicionales compartieron espacio en algunos sitios de la oriental ciudad , mientras las sonrisas se multiplicaron al ritmo de cada actividad.
No importa el cansancio ni las preocupaciones: la risa de un niño, dicen, es la melodía más pura, capaz de disipar hasta las sombras más densas.
En cada rincón de la provincia, las familias se entregaron a la tarea de mimar y consentir, de pintar caras y contar historias donde los finales siempre son felices.
Porque esta etapa, tan efímera como inolvidable, merece ser celebrada con la misma intensidad con que ellos sueñan despiertos.
Y aunque el calendario señale un solo día, en Santiago de Cuba la infancia se festeja a diario.
Porque proteger su inocencia y alimentar su fantasía no es un acto aislado, sino un compromiso que se renueva con cada amanecer, con cada juego, con cada promesa de un mañana mejor.
Felicidades, pequeños gigantes. Que la magia los acompañe hoy y siempre.

cortesía: TvSantiago






















