Rafael Cueto: El arquitecto silencioso del son del Trío Matamoros

Por: Verónica Nuñez
Foto: Archivo de Granma

Muchos conocen la voz de Miguel Matamoros, pero pocos saben que el alma rítmica del trío más famoso de Cuba no nacía solo de las cuerdas, sino del golpe de los dedos de Rafael Cueto sobre la madera | internet@granma.cu

Miguel Matamoros: “I am the son of Santiago de Cuba”
Cueto con las maracas. Miguel Matamoros: “I am the son of Santiago de Cuba”

Imaginemos una fiesta de cumpleaños en 1925. Tres amigos cantan juntos por primera vez. En ese instante nace la magia, y en la guitarra de Rafael Cueto se esconde un ritmo nuevo, distinto, que evitará la cacofonía y definirá la identidad de un país.

Cueto no era el director, ni la voz principal, pero sin él, el legendario grupo jamás habría sonado tan sabroso.

Nacido en el Santiago de Cuba de 1900, fue un hombre alejado de los conservatorios. Aprendió a tocar la guitarra de forma autodidacta, probablemente arañando las cuerdas tras largas jornadas de trabajo. Antes de que la música lo reclamara, la vida de Cueto transcurría entre oficios diversos y una plaza de oficinista en la jefatura local de Sanidad.

Ese reclamo artístico lo alcanzó en 1924 de la forma más mundana: un chofer, Bernardino Reboredo, lo presentó a Miguel Matamoros, quien necesitaba un guitarrista para un viaje urgente a La Habana.

Rafael pidió permiso en la oficina, guardó los papeles, tomó su guitarra y se fue a tocar a los teatros Campoamor y Actualidades.

Al volver a Santiago, regresó a su escritorio. Fue un empleado con guitarra hasta que la celebración del cumpleaños 31 de Matamoros, el 8 de mayo de 1925, lo cambió todo.

Esa noche, Cueto llegó a la fiesta acompañado de un amigo herrero que cantaba muy bien, Siro Rodríguez. En esa comunión improvisada, las voces de Miguel y Siro se entrelazaron mientras Cueto dibujaba un ritmo tan peculiar en la guitarra que la química fue instantánea. Había nacido el trío.

Pero, ¿qué tocó Cueto exactamente esa noche para hechizar a Matamoros? No fue un simple rasgueo. Según describió el experto Vicente González-Rubiera, «Guyún», Cueto creó un modelo rítmico, un tumbao basado en un movimiento melódico-armónico con los bajos de la guitarra.

Eso de por sí ya era notable, pero la genialidad llegaba justo después. Cueto añadía la percusión golpeando la tapa del instrumento con los dedos de su mano derecha. Mientras Miguel Matamoros se encargaba del punteo agudo y brillante, el famoso «rayado», Cueto no lo imitaba.

Evitaba la cacofonía limpiamente. En lugar de eso, construía abajo un colchón de bajos cantantes y una polirritmia nunca antes escuchada. Era un truco de prestidigitador: hacer que una guitarra española sonara como un pequeño combo rítmico.

Ese latido de madera percutida fue el pasaporte de Cueto a la inmortalidad. Con ese sonido distintivo, el trío recorrió el mundo. Dejó atrás la oficina para siempre y se sumergió en una vorágine de giras que hoy parecen imposibles: Nueva Jersey, México, una gira agotadora por toda España, el París del Ambassador y el Empire, Lisboa, Venezuela, Aruba, Curazao, y los escenarios del Hotel Nacional en La Habana.

Con Benny Moré en México o en el Patio Andaluz venezolano, la guitarra de Cueto llevaba siempre el mismo tumbao polirrítmico que nacía de sus dedos.

Aunque compositivamente aportó menos que el prolífico Miguel, Cueto supo dejar su huella íntima en obras como Pico y pala, un son que evoca el trabajo rudo, quizá reminiscencias de sus múltiples oficios antes de la fama, o Los Carnavales de Oriente, un canto a la fiesta de su tierra natal.

El trío se retiró el 10 de mayo de 1960, tras casi cuatro décadas de existencia, y Rafael Cueto falleció en La Habana el 7 de agosto de 1991.

Cueto fue el hombre que, sin robarse el protagonismo, descubrió que el verdadero corazón del son no estaba solo en las notas, sino en la madera que las sostiene.

Miguel, Cueto supo dejar su huella íntima en obras como Pico y pala

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