Por: Jorge Enrique Jerez Belisario |
Imagina un médico con las «manos atadas» por la falta de un hilo de sutura. Imagina a una enfermera que debe decidir a qué paciente dializar primero porque quedan pocos dializadores en funcionamiento /internet@granma.cu

Imagina a un oncólogo que ve llegar a un enfermo desde otra provincia y solo tiene un equipo de radioterapia para ponerle el tratamiento que pudiera alargarle la vida; sin embargo, lo único que puede hacer es apuntarlo en una lista de espera que atenta contra la efectividad del tratamiento. Imagina, en fin, el tormento de quien estudió para curar y termina con un tratamiento menos efectivo, mirando a los ojos a quien no puede atender como quisiera, como demanda la vida.
En el servicio de Nefrología del Hospital Provincial Manuel Ascunce, de Camagüey, la doctora Jenny Rodríguez Lino lo cuenta con una mezcla de firmeza y dolor. Tiene 156 pacientes.156 personas con nombres, familias, miedos. Muchos vienen de municipios lejanos, donde el camino es largo y el taxi no siempre puede llegar por la escasez de combustible.
Ella quisiera darles tres sesiones de hemodiálisis a la semana, como manda la ciencia y como exige el cuerpo. Pero solo puede dos. Y ella sabe mejor que nadie las consecuencias de la subdiálisis, que el paciente se va intoxicando poco a poco, pierde el apetito, adelgaza, se debilita, se enferma más.
Cuando se va la corriente, por las cada vez más frecuentes caídas del Sistema Eléctrico Nacional, las máquinas se apagan, y las enfermeras ponen las manos, literalmente, a bombear la sangre para que no se coagule. Porque si la sangre se coagula, el paciente pierde medio litro y hay que buscar una transfusión. Esa escena, la de una enfermera haciendo de todo para que la sangre no se coagule, debería bastar para que el mundo entienda.
Jorge Enrique Duqueña Pascual, jefe de ingeniería clínica del Centro Provincial de Electromedicina de Camagüey, explica que las bombas de hemodiálisis Fresenius 4008S V10 se desgastan. Los cabezales, los engranajes, las juntas.
La firma se fue del país por las sanciones que les impusieron. No hay repuesto. Han buscado impresoras 3d, han intentado de todo. «Chocamos con un muro», dice. Un muro que no es técnico. Es político. Es el bloqueo.
Y no solo es Nefrología. En el Hospital Oncológico, la doctora Noraly Bejerano Calixto mira el único equipo de radioterapia que le queda. De cuatro que había, solo uno funciona. Ese equipo atiende a Camagüey, también a Ciego de Ávila y Las Tunas, y a pacientes que llegan de cualquier parte porque aquí tienen familia o porque alguien les dijo que quizá los ayuden.
La radioterapia es pilar del tratamiento contra el cáncer. Sin ella, el enfermo no responde igual. No es lo mismo darla en el tiempo justo que después cuando ya no hay nada que hacer. Noraly lo sabe.
La reparación de uno de los equipos rotos se perdió hace años, cuando se rompió el contrato con el país que lo vendió por el temor a las sanciones que imponen por hacer tratos con Cuba. Desde entonces, cada vez que el equipo se rompe los electromédicos «inventan». Adaptan piezas de otros equipos, buscan alternativas, con la esperanza de que aguante un día más. Pero a veces no aguanta. Y entonces hay que decirle a una persona que espere. Que espere mientras sus dolores crecen.
El bloqueo no distingue entre provincias. Cuando se rompe una máquina en Camagüey, se rompe para el paciente de Ciego de Ávila, para el de Las Tunas, para el que vino de lejos. Cuando falta un citostático, falta para el enfermo que vive cerca, y falta para el que viajó horas.
La asfixia no ha logrado doblegar la voluntad de un pueblo que sigue de pie. Las enfermeras siguen corriendo. Los médicos siguen haciendo lo mejor que pueden con lo que tienen. Pero el mundo debe saber que cada día que pasa, el bloqueo cobra vidas, y ese, es un precio demasiado alto, para un pueblo que no ha hecho nada para merecerlo.























