A 122 años de un combate que le abrió Santiago de Cuba al ejército de EE.UU.

Batalla yanqui contra fuerzas españolas en la loma de San Juan, en Santiago de Cuba.

Por: Ernesto Limia Díaz
CMKC, Radio Revolución.- El 19 de abril de 1898 el Congreso de Estados Unidos aprobó mediante Resolución Conjunta entre la Cámara de Representantes y el Senado, la petición del presidente William McKinley para intervenir en la guerra de independencia de Cuba contra España, cuando la victoria mambisa era cuestión de tiempo.

El texto del documento aprobado no mencionó el reconocimiento de la beligerancia cubana ni se propuso como objetivo contribuir a la independencia de la mayor de las Antillas, como tanto pregonó la prensa estadounidense para apaciguar a la opinión pública interna que simpatizaba con la gesta. Un párrafo desvela la razón:

“Comprometer ahora a este país con el reconocimiento de cualquier gobierno particular en Cuba, puede exponernos a situaciones embarazosas de obligaciones internacionales hacia la organización así reconocida. En caso de intervención, nuestra conducta estaría sujeta a la aprobación o censura de ese gobierno […]. Nos veríamos obligados a someternos a su dirección y a asumir hacia él la simple relación de un aliado amistoso” (Foner, t. I, 1978: 299-300).

Claro que no convenía a sus propósitos, pero Horatio S. Rubens, abogado de la causa cubana y amigo de Martí, consiguió el milagro de que se interpusiera como condicionante la Enmienda Teller, bozal del que más tarde se arrepentiría hasta el mismísimo autor, el senador por Colorado, Henry M. Teller. ¿Qué estipulaba esta iniciativa?: “Los Estados Unidos renuncian a toda intención o disposición de ejercer soberanía, jurisdicción o control sobre la Isla, salvo para la pacificación de la misma, y declaran su determinación, cuando eso se haya logrado, de dejar el gobierno y control de la Isla a su pueblo” (Rubens, 1956: 294).

El Congreso dio un ultimátum de 72 horas a España para dar por terminado el conflicto cubano y la legación española en Washington abandonó el país por la frontera con Canadá. Vencido el plazo, The New York Times amaneció el 22 de abril con un editorial revelador: “Nosotros iremos a la guerra contra España no para satisfacer una ambición, sino en obediencia a las leyes de la naturaleza. Es el momento en que estas cosas sean hechas y nosotros las hacemos al tiempo en que la fruta madura cae del árbol” (Pérez Jr., 2014: 71-72). Finalmente, alguien se dignaba a hablar con franqueza. Ese día comenzó el bloqueo naval de Cuba: John Quincy Adams se removía de felicidad en su tumba, o en el infierno…

Las hostilidades se rompieron el 25 de abril de 1898 y 48 horas más tarde el Escuadrón del Atlántico batallaba en la bahía de Guantánamo. El 11 de mayo poco más de 600 infantes de marina —salvados del desastre durante la jornada anterior por tropas mambisas—, ocuparon un punto en las alturas de Playas del Este, donde izaron la bandera de la barra y las estrellas. El 14 de mayo, de conjunto con un centenar de combatientes del Ejército Libertador, tomaron Caimanera. Fue su primer desembarco en Cuba…

Cuando el 20 de junio arribó el grueso de las tropas —21 buques con 16 286 hombres bajo el mando del general William R. Shafter, comandante del V Cuerpo de Ejército— no sabían cómo desembarcar, ni cuál sería el orden de sus acciones cuando tomaran la cabeza de playa. El plan lo presentó, y se aprobó, el mayor general Calixto García, cuyas tropas tenían el control de toda la zona.

Desde el primer minuto afloraron las contradicciones. La primera expresión estuvo signada por los prejuicios raciales de la oficialidad anglosajona. En los buques norteños llegaron tres regimientos de oficiales y soldados negros reclutados en Kansas, Luisiana, Misisipi, Texas e Illinois, hecho sin precedentes en la historia estadounidense. Todos eran víctimas de la más despiadada segregación, algo inimaginable en la manigua oriental. George Kennan —tío abuelo del arquitecto de la Guerra Fría— desembarcó en la playa de Siboney el 25 de junio, cuando se retiraban las tropas mambisas que aseguraron la operación.

Observó desencantado que cuatro quintas partes de los cerca de 1 500 combatientes eran negros y andaban sucios, en harapos. “…parecían espantapájaros” —narró. Luego tropezó con un compatriota suyo que protestaba furioso y le preguntó qué pasaba: “¡Es la primera vez que me siento a desayunar con un negro!” —le respondió con expresión de asco (Horne, 2017: 325-326).

Tras el desembarco se produjo un cambio en la cobertura de prensa al conflicto: 89 corresponsales acompañaron a Shafter en el primer convoy, cifra que creció hasta 130. Casi todos emitían despachos en los que hablaban con menosprecio del apoyo brindado por el Ejército Libertador y comenzaron a sembrar la matriz de opinión de que los mambises eran cobardes, mataban a sus prisioneros, no cooperaban con los soldados estadounidenses y les robaban.

“¡Y cuántos héroes crearon los corresponsales de guerra: el teniente Rowan, que entregó el mensaje a García; el comodoro Dewey (‘Puede disparar cuando esté listo, Gridley’); el capitán Philip, del Texas (‘No aclaméis, muchachos, los pobres están muriendo’); y Teddy Roosevelt, con sus Rough Riders sin caballos!” (Morison, Commager y Leuchtenburg, 1988: 598). “Nuestra información refiriéndonos a Cuba, está, en gran parte, compuesta de lo que se conoce como fake (falsedad) o artículos que no contienen una palabra de verdad […]” —denunció George B. Rea, reportero del diario The New York Herald (Muecke, 1928: 42).

Lo que estaba por el piso, sin embargo, era la moral de las tropas interventoras. “Por el amor del cielo, diga al presidente que nos envíe todos los regimientos y, sobre todo, todas las baterías posibles. Hasta ahora hemos ganado a un costo muy alto […]. Estamos a no mucha distancia de un desastre militar” —le escribió inquieto el teniente coronel Theodore Roosevelt, jefe de los Rough-Riders (Jinetes arrojados) a Henry Cabot Lodge, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado (Thomas, 2013: 288).

Después de diez días del desembarco, las tropas yanquis estaban necesitadas de un golpe decisivo y planificaron para el 1.º de julio un asalto simultáneo a El Caney y al fortín de la Loma de San Juan, elevación de unos 40 m de altura en la cima de las colinas que cierran el acceso a la ciudad de Santiago de Cuba por el Este, objetivo del cual dependía la estabilidad de su defensa exterior. 

En ese minuto los yanquis disponían en tierra de 15 000 hombres y el Ejército mambí contaba con 4 000. Shafter, empero, no quería compartir con los cubanos la gloria de un triunfo que a la postre resultara decisivo y le indicó a Calixto García apostarse con el grueso de sus fuerzas al Norte de la plaza, para cortar la retirada de sus defensores e impedir la entrada de refuerzos. Solo 200 combatientes mambises pelearían en El Caney y otros 200 en la Loma de San Juan.

Guiados por audaces prácticos cubanos, los estadounidenses emprendieron marcha rumbo hacia Santiago sobre las 3 p. m. del 30 de junio y debieron avanzar por un sendero angosto a través de pasos entre lomas y espesos bosques.

Llegaron a la medianoche del 1.º de julio, después de ocho horas de penoso trayecto. La agrupación disponía de seis regimientos de caballería a pie, nueve regimientos de infantería y tres baterías de artillería ligera, junto a los 200 mambises.

Para la defensa del fortín España tenía dispuestos 300 soldados de infantería organizados en tres compañías, una sección de cañones Krupp con 60 artilleros y 60 voluntarios que se incorporaron sobre las 11 a. m. —o sea, apenas 420 efectivos, menos del 4 % de los 11 000 distribuidos para la defensa de la plaza. Como si confiara su estrategia defensiva a un contra ataque, el mando español ubicó mil marinos de la Escuadra del almirante Pascual Cervera en el fuerte Canosa, en una segunda línea, y detrás, en la tercera, 140 jinetes.

El ataque de El Caney comenzó sobre las 6:30 a. m. y cerca de una hora más tarde Shafter dio la orden de abrir fuego sobre las trincheras españolas que coronaban la loma de San Juan, a unos 2 200 m. La artillería estadounidense tuvo poca efectividad; la española, en cambio, tomó bien la distancia y las primeras salvas abrieron una brecha en su adversario. Con el fuego cruzado de artillería, las fuerzas de asalto debieron moverse con sigilo por entre la arboleda colindante y una división de caballería avanzó en línea recta hacia la loma hasta el vado del río San Juan. Allí se tendieron por más de una hora con la orden de no responder el fuego de fusilería que se realizaba sobre ellos.

Aquel sitio se convirtió en un recodo sangriento. No podían continuar bajo el fuego ni retirarse; solo les quedaba cruzar el río y asaltar la loma. De manera que sin adecuada preparación artillera ni hombres de reserva, comenzaron a escalar la pendiente.

Una tormenta de plomo y metralla detuvo en seco a la avanzada del 10mo regimiento, unidad de soldados negros que en esta maniobra perdió lo mismo a muchos de sus soldados de fila que a 11 de sus oficiales blancos —entre ellos el coronel Wilkoff, jefe de la 3ra Brigada de la División de Infantería, quien caminaba a la vanguardia y recibió un balazo que lo mató al instante. Igual suerte correría su sustituto en el mando, el teniente coronel Liscum, poco más tarde.

Los muertos y heridos se sucedían como si la vida de los hombres no tuviera ningún valor. Tan mortífero fuego hizo que a la salida del bosque un batallón del 71 Regimiento de Infantería de voluntarios de Nueva York se tendiera en el matorral, desmoralizado, y sus hombres se negaron a avanzar.

Frente a tan crítica situación, la gente del coronel mambí Carlos González Clavel contribuyó a equilibrar las acciones; entretanto, los Rough Riders tomaban la loma de La Caldera para atacar San Juan desde el Norte. El nutrido fuego de fusilería y de las dos piezas de montaña no bastó para contener la arremetida yanqui.

El capitán y los dos oficiales españoles al mando en San Juan cayeron al pie de los cañones, sin dejar de animar a los soldados y de repetir aún en el estertor de su agonía: “¡Fuego!”, “¡Fuego!”. Sobre las 3 de la tarde se acabaron las municiones y callaron las dos piezas peninsulares; quedaron inútiles, rodeadas de un mar de sangre. Ello redujo las dificultades de los atacantes para avanzar.

Tres ametralladoras Gatling —con una cadencia de fuego tal que cada una arrojó 6 000 proyectiles en ocho minutos— apoyaron el asalto final, y una hora más tarde cayó la trinchera medio destruida ya, llena de cadáveres de uno y otro ejército. Después de ocho horas de combate los yanquis clavaron sobre un muro de San Juan la bandera de las barras y las estrellas. La idea de Shafter para la operación fue mal concebida y al final de la tarde yacían allí los cadáveres de 223 norteamericanos, de ellos 22 oficiales; además de 1 243 heridos y 79 desaparecidos; en total, tuvieron 1 545 bajas. Los mambises perdieron unos cien hombres durante la jornada, pues marcharon siempre en la primera línea.

Theodore Roosevelt sacó gran partido del combate. A Henri C. Lodge le escribió: “¿Les dije que maté a un español con mi propia mano?”; un amigo suyo contó a la Sra. Roosevelt: “Ninguna cacería anterior había sido igual a esto a los ojos de Theodore […], cuando me topé con él el día de la carga […] estaba en plena orgía de victoria y de sangre. Acababa de rematar a un oficial español como a un ‘conejo’ cuando se retiraba de un fortín y nos animaba a mirar aquellos ‘malditos muertos españoles’” (Thomas, 2013: 287).

Tras su regreso a Washington fue premiado por los sectores expansionistas con su inclusión como vicepresidente de la formula republicana que en 1900 permitió a William McKinley extender su presencia en la Casa Blanca a un segundo mandato. Y cuando en 1901 un anarquista asesinó a McKinley, tomó posesión del Despacho Oval. Al año siguiente, el 20 de mayo de 1902, Roosevelt inauguró la República de Cuba con la Enmienda Platt, espuela en las costillas de la que Cuba no pudo librarse en el plano jurídico hasta 1934; pero en el plano real hasta el 1.º de enero de 1959, cuando llegó el Comandante y mandó a parar.

A partir del 20 de mayo de 1904, Roosevelt se encargó de extender los preceptos de la Enmienda Platt a Centroamérica y el Caribe. Lo más repugnante es que este hombre que hablaba de la guerra como si fuese la condición ideal de la sociedad humana; que estuvo entre los máximos impulsores de la intervención de Estados Unidos en la gesta cubana; que en el combate de la Loma de San Juan disfrutó de la orgía de sangre y remató a un oficial español como si se tratase de un conejo, en 1906 recibió el Premio Nobel de la Paz.

Bibliografía
Foner, Philip Sheldon, Ed.: La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978.
Horne, Gerald: En pos de la Revolución, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2017.
Mendoza y Vizcaíno, Enrique: Historia de la guerra hispano-americana, A. Barral y Compañía Editores, México, D. F., 1902.
Morinson, Samuel Eliot, Henry Steele Commager y William E. Leuchtenburg: Breve historia de los Estados Unidos, Fondo de Cultura Económica, México D. F., 1988.
Muecke Bertel, Carlos: Patria y Libertad. En defensa del Ejército Libertador como aliado de los americanos en 1898, Ramentol & Boan Impresores, Camagüey, 1928.
Pérez jr., Louis A.: Cuba en el imaginario de los Estados Unidos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014.
Rubens, Horatio Seymour: Libertad. Cuba y su Apóstol, La Rosa Blanca, La Habana, 1956.
Thomas, Hugh: Cuba. La lucha por la libertad, Vintage Español, Nueva York, 2013

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