Los CDR nacieron para defender la Revolución

Premio del Barrio que otorga los Comités de Defensa de la Revolución en Cuba.

Autor: Julio César Sánchez Guerra

Es la noche del 28 de septiembre de 1960. Miles de cubanos escuchan a Fidel en el antiguo Palacio Presidencial, cuando estallan varios petardos. Le responden gritos de: «¡Viva la ­Revolución!» Y se entonan  las notas del Himno Nacional. Entonces Fidel lanza la idea:

«Vamos a establecer un sistema de vigilancia revolucionaria colectiva. Están jugando con el pueblo y no saben todavía quién es el pueblo; están jugando con el pueblo y no saben la tremenda fuerza revolucionaria que hay en el pueblo».

Nacen así, para defender a la joven Revolución, en plaza abierta, en medio de sabotajes y de la lucha antimperialista, los Comité de Defensa de la Revolución.

A lo largo de estos años, los cederistas de tantas generaciones han estado presentes en miles de peleas por defender sus conquistas. Cuando Girón, desarticularon a la contrarrevolución interna que servía de quinta columna. En la campaña de alfabetización, cumplieron valiosas acciones organizativas. En los días difíciles de la Crisis de Octubre, con toda Cuba, fueron la pupila insomne de un país dispuesto a inmolarse por su independencia.

Al calor de un entusiasmo colectivo, después de una guardia cederista, se participa en trabajos voluntarios, se cumplen urgentes tareas de salud, distribución de recursos o donaciones de sangre…

Sesenta años después, los CDR siguen siendo una necesidad de la Revolución. Ahora no suenan, como entonces, los petardos de la contrarrevolución. Los enemigos desplazan la guerra al terreno de la cultura y al colonialismo mental, a los bloqueos de obsesiones interminables; confunden y seducen, tratan de borrar la historia para enredar los caminos de la emancipación humana. Los propósitos siguen siendo los mismos: decapitar el ejemplo de una Isla atrevida, que defiende el socialismo, en la región que consideran su patio trasero.

Tampoco nuestra sociedad es la misma.  Los intereses individuales tienen mayor peso, es preciso equilibrar la balanza con el sueño colectivo. Ahora, defender la revolución es más que una guardia o asomarse por la ventana; hay que reverdecer  la pasión por la justicia y renovar el entusiasmo con el acto de pensar.

Es preciso desterrar todo formalismo, ese que inmoviliza la creatividad y la imaginación revolucionaria. Allí crece un país cuando se articulan los que gestan revolución en la comunidad: el delegado y el maestro, el médico de la familia, la empresa o la institución, las ideas del cederista, que es al mismo tiempo  ciudadano y patriota.

Son muchos los jóvenes de anónimos barrios que en estos días de pandemia hacen lo que en su tiempo hicieron sus abuelos: cumplir con el  deber de ser útiles a los demás.

Esta vez, la fiesta será puertas adentro, y con la mano de saludo en el corazón, pero nada impedirá que la solidaridad y la alegría de defender lo que amamos salten como un himno, a pesar de los petardos.

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