Por: Jorge Enrique Jerez Belisario |
El Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez vivirá en cada muchacho que empuñe un libro, en cada trabajador que levante un central, en cada soldado que vele la frontera internet@granma.cu

Artemisa, 1932. No hubo lujo en la cuna. Allí, en el sudor de pueblo y barrio, nació un muchacho al que la historia estaba esperando. Ramiro Valdés Menéndez aprendió antes de andar que la Patria no se pide, se construye. Su madre, cespedista y martiana, le puso en las manos, más que el pan, un ideario.
La vida lo hizo liniero. Y en los postes eléctricos, desde lo alto, vio mejor el mapa de las injusticias. No era un obrero cualquiera: era un vigía de la dignidad. Cuando el golpe de 1952 tronó en la noche cubana, no estaba en la oficina de un burócrata: estaba en el central azucarero, con el machete al hombro y la tierra en los zapatos. Pero el central no era su destino, el monte sí.
Al llamado de Fidel, acudió, como acudió a la misión encomendada el día que –sin haberle dado la dirección– de repente el joven abogado se apareció en su casa para saber con cuántos de ellos, de sus amigos del barrio, podía contar para hacer a Cuba digna.
Como tantos artemiseños que aquel 26 de julio de 1953 convirtieron el cuartel Moncada en el primer aldabonazo de la libertad, él estuvo allí. No fue un asalto más: fue el bautismo de fuego de una generación que prefirió la cárcel a la vergüenza. Prisionero en Isla de Pinos, exiliado en México, navegante del Granma… la odisea no había hecho más que empezar.
En la Sierra Maestra, el Comandante Ernesto Che Guevara, a quien cuidó como un hermano, lo quiso a su lado como segundo jefe de la Columna No. 8. Y no lo defraudó. Allí, entre la neblina y el plomo, se forjó el temple de un Comandante que no necesitaba grados para mandar, porque mandaba con el ejemplo. Cuando el Primero de Enero de 1959 alumbró la victoria, Ramiro ya era leyenda.
Pero la Revolución no se hizo para descansar; la Región central, la Seguridad del Estado, los días de Girón, cada responsabilidad fue un escalón en su compromiso. Ministro del Interior, viceministro primero de las FAR, ayudante del Comandante en Jefe, presidente del Grupo Industrial para la Electrónica, ministro de la Informática y las Comunicaciones, vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, vice primer ministro… y en cada cargo, la misma palabra: lealtad.
Pero quien haya creído que el título lo alejaba de lo concreto, no conoció a Ramiro. Nosotros, periodistas, fuimos testigos, en más de una cobertura, de su manera de exigir. No la exigencia del que amedrenta, sino la del que chequea el andar de una termoeléctrica o el avance de una obra inversionista clave para el desarrollo del país con la paciencia de un relojero y la mirada de un militar. No levantaba la voz, no hacía falta. Con la sapiencia de quien sabe enseñar, se detenía en cada válvula, en cada cifra, en cada cronograma atrasado.
Preguntaba cada detalle como un avezado especialista, porque lo era. Y en sus preguntas, sin estridencias, iba la exigencia más profunda: la de quien sabe que el tiempo perdido en una obra es tiempo robado al pueblo; porque Ramiro no llegaba desde la altura del cargo, sino desde la altura del conocimiento y la historia.
No hubo misión más alta, sin embargo, que la que lo llevó a Bolivia. Buscar, ubicar, exhumar y trasladar los restos del Che y sus compañeros no fue un encargo burocrático: fue un acto de justicia poética. Ramiro fue a devolverle a la historia lo que la historia le había robado.
Fundador del Comité Central del Partido y de su Buró Político, diputado a la Asamblea Nacional, fue, ante todo, un hombre de convicciones. No conoció el desaliento ni la traición. En cada batalla, en cada trinchera, estuvo al lado de Fidel y de Raúl, con una fidelidad que no entiende de tiempos ni de modas.
Hoy, cuando la noticia de su partida duele como la de un padre, Ramiro Valdés Menéndez vive en cada muchacho que empuña un libro, en cada trabajador que levanta un central, en cada soldado que vela la frontera. Su ejemplo no es una estatua: es esa juventud que hoy empuja el país.

Cuba, 2026. La Revolución pierde a uno de los suyos, pero gana un mito. Y los mitos, como el Che, como Fidel, como Camilo, no mueren: se multiplican. Ramiro Valdés, como le respondió a una colega en una entrevista, se seguirá levantando fuerte, en su ejemplo.






















