La Odisea de Carlos Manuel de Céspedes

Céspedes nos convoca a la lucha. Foto Portada: Santiago Romero Chang


Por: Isabel María Ferrera Téllez
No fue el mármol de las estatuas lo que definió a Carlos Manuel de Céspedes, sino el fuego.

Díaz-Canel depositó flores en el monumento a Carlos Manuel de Céspedes, iniciador de la Gesta por nuestra definitiva Independencia, Carlos Manuel de Céspedes
Díaz-Canel ante el monumento a Carlos Manuel de Céspedes, iniciador de la Gesta por nuestra definitiva Independencia, Carlos Manuel de Céspedes

El fuego que consumió su ingenio en La Demajagua, el fuego de las bengalas de una guerra desigual y, finalmente, el fuego interior de un hombre que decidió que la libertad de una isla valía más que su propia fortuna, su familia y su vida.

Para entender a Céspedes no hay que mirar solo al «Padre de la Patria» en los libros escolares; hay que mirar al hombre que, en un mundo de sombras coloniales, decidió encender la primera luz.

A la memoria de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria
A la memoria de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria que dio el primer grito de libertad el 10 de octubre 1868

Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo nació en Bayamo, en 1819, en el seno de una familia de linaje y riqueza. Su juventud fue la de un intelectual cosmopolita: estudió Derecho en la Universidad de La Habana y luego se doctoró en España. Recorrió Europa, aprendió idiomas, tradujo a los clásicos y se empapó de las corrientes liberales que sacudían el viejo continente.

Sin embargo, tras ese dandy culto y refinado, se gestaba un volcán. Al regresar a Cuba, el contraste entre sus ideales de libertad y la asfixiante realidad de la dominación española fue el catalizador.

Céspedes no era un reformista; era un hombre de rupturas. Mientras otros conspiradores dudaban sobre la fecha del alzamiento, esperando por armas que nunca llegaban o por el apoyo de potencias extranjeras, él comprendió que la libertad no se negocia, se arrebata.

Carlos Manuel de Céspedes, El Padre de la Patria.
Carlos Manuel de Céspedes, El Padre de la Patria

El 10 de octubre de 1868 es la fecha en que el reloj de la historia cubana comenzó a marcar una era distinta. En su ingenio, La Demajagua, Céspedes no solo proclamó la independencia. Hizo algo mucho más radical y humanista: llamó a sus esclavos y les dijo que, desde ese momento, eran hombres libres y los invitó a luchar por la libertad de la patria.

Ese gesto transformó una revuelta de terratenientes en una revolución social. Céspedes, el abogado, se convirtió en el General en Jefe.

La guerra de los Diez Años había comenzado

El camino fue amargo: derrotas iniciales, el incendio de su amada ciudad de Bayamo para no entregarla al enemigo, y la vida en la manigua, donde el fango y las privaciones reemplazaron a los salones de baile.

Si hay un momento que define la estatura moral de Céspedes es la captura de su hijo, Oscar. Las autoridades españolas le enviaron un mensaje cruel: si no deponía las armas, su hijo sería fusilado. La respuesta de Céspedes es el pilar sobre el cual se asienta su título de «Padre de la Patria»: “Oscar no es mi único hijo: soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la Revolución”.

Oscar fue fusilado, y Céspedes, con el corazón desgarrado, continuó la lucha. Su autoridad como primer Presidente de la República en Armas estuvo marcada por esta entrega total, pero también por los conflictos internos.

Céspedes creía en un mando centralizado y fuerte para ganar la guerra; otros líderes civiles, celosos de su poder, preferían un control parlamentario que, a la postre, resultaría paralizante en el campo de batalla.

La trayectoria de Céspedes fue contra las incomprensiones de sus propios compatriotas. En 1873, fue depuesto como Presidente en un acto de dudosa legalidad en Bijagual. Lejos de sublevarse contra la decisión y provocar una guerra civil dentro de la revolución, Céspedes aceptó el destino con una dignidad abrumadora.

Se le negó el pasaporte para salir al extranjero y reunirse con su esposa e hijos. Se le obligó a vivir casi como un prisionero político de la propia República que él había fundado.

Céspedes se retiró a San Lorenzo, un paraje intrincado en la Sierra Maestra, donde vivió en la más absoluta humildad, enseñando a leer a los niños de la zona y compartiendo el café con los campesinos.

A Céspedes Ceremonia Militar, Guardia de Honor y Ofrendas Florales en Santa Ifigenia
A Céspedes Ceremonia Militar, Guardia de Honor y Ofrendas Florales en Santa Ifigenia

La muerte de Céspedes, el 27 de febrero de 1874, parece sacada de una tragedia griega. Estaba solo, casi ciego y abandonado por la estructura oficial de la guerra. Una delación llevó a una columna española hasta su refugio.

Céspedes no se dejó capturar vivo. Él, que había sido el alma de la insurrección, no podía permitir que el enemigo lo exhibiera como un trofeo. Armado solo con su revólver, salió a enfrentar a los soldados. Se dice que intercambió disparos y, herido de muerte, cayó por un barranco. Sus restos fueron llevados a Santiago de Cuba y enterrados inicialmente en una fosa común, en un intento de borrar su huella.

Carlos Manuel de Céspedes murió en la soledad física, pero su caída fue el ascenso final a la inmortalidad. No fue un hombre perfecto; era impetuoso, a veces autoritario y profundamente apasionado. Pero fue el hombre necesario. Sin su «impaciencia» en La Demajagua, la semilla de la nación cubana habría tardado décadas más en germinar.

Céspedes nos convoca a la lucha. Foto Portada: Santiago Romero Chang
Céspedes nos convoca a la lucha. Foto Portada: Santiago Romero Chang

Hoy, su figura sigue recordándonos que la patria es, ante todo, sacrificio. Céspedes nos enseñó que ser libre no es solo una cuestión de leyes, sino de voluntad. El abogado que liberó a sus esclavos, el padre que entregó a su hijo y el presidente que terminó sus días en un bohío perdido, sigue siendo el fuego que, cada vez que parece apagarse, vuelve a encender el espíritu de su isla. Su muerte no fue un final, sino la última lección de un hombre que aprendió que para fundar un país, a veces, hay que quemarlo todo, incluso a uno mismo.

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