Truhanes y tahúres

Obra del pintor mexicano Diego Rivera
Obra del pintor mexicano Diego Rivera
Obra del pintor mexicano Diego Rivera

Truhanes y tahúres- Hay cierta atracción mórbida en narraciones de derrotas. A todos nos atrae una buena historia de derrotados porque de algún modo todos cargamos, si hemos vivido lo suficiente, alguna dosis de fracasos memorablemente dolorosos.

Cuando un autor es capaz de escribir lo mismo que «el café no era lo suficientemente fuerte como para defenderse a sí mismo», que tener la mordacidad de decirnos que «ella se ha casado tantas veces que tiene marcas de arroz en todo su rostro», vale la pena escucharlo. Tom Waits tiene cara de truhan, se viste como truhan, canta como un truhan y le gusta insinuar que es capaz de comportarse como un truhan.

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En realidad, nació en California en una familia de la llamada clase media estadounidense y su infancia-adolescencia nada tuvo que ver con ambientes marginales. Sus canciones, sin embargo, son otra cosa. Waits canta como si le importara un comino que lo estés escuchando, así de honesto es su oficio y, sin embargo, en sus conciertos es increíblemente generoso con el público. Tom que, según él, «nació a una edad muy temprana», hace de cada obra, en el contexto adecuado, un asalto en modo de «partirte como un lápiz».

Cantante de voz gutural y música transicionando entre jazz y folk, sin que se perciban las costuras, sus ritmos lentos, y no tan lentos, portan el ambiente de letras agudas y crudas narrando historias de los vencidos cotidianos. Waits es un cronista que nos cuenta las experiencias propias y de otros, como lo pudiera hacer un borracho frente a un piano, que, a diferencia del alcohólico arquetípico, sabe tocar. Muchas de sus piezas son casi monólogos con música de fondo. Uno creyera que luego de escucharlo por varios minutos se volvería monótono, para sorprenderte un tiempo mucho más largo después, aún hipnotizado de su voz, su prestancia y su ambiente deliciosamente decadente.

Es de los pocos autores en la escena musical anglosajona que, sin tener un éxito comercial abrumador, ejerce una influencia evidente en una multitud de otros artistas, que van desde Bruce Springsteen hasta Metallica. Es el gran fantasma que planea sobre la obra de muchos, incluyendo a r.e.m. Admirador e influido en su juventud por Bob Dylan, este último lo ha llamado su «héroe secreto».

Si alguien quiere entender de qué se trata, que oiga Small Change (Got Rained On With His Own 38), que pudiera describirse como la más Hoppiana de sus obras. Patrick Humphries, biógrafo de muchos músicos, cree que Waits, junto a Edward Hopper, son los dos «grandes narradores del aislamiento americano». Lo cierto es que al oírlo siempre recuerdo aquel verso de Neruda que ahora escribo como «todo en él era naufragio», así de solitario suena. Hay un cuento, que bien pudiera ser de Hemingway, en cada canción perdurable de Tom. Y lo de dar espacio a una alternativa a lo trascendente es para acomodar lo poco probable.

Leo Metcalf (no importa quién es Leo) se tropezó con un viejo americano cantando canciones de folk en la calle, claramente un sin-hogar, y luego de escucharlo por un rato se le acercó para decirle que le recordaba a Tom Waits. El músico callejero lo miró dándole la mano y le dijo: «eso es porque yo soy Tom Waits». Que cada desahuciado en tu idioma, que tenga el valor de cantar en la calle, sienta que te encarna es manifestación de una grandeza que no cabe en la mediocridad embrutecedora de las industrias de consumo. Tom puede ser un truhan, pero nunca es un tahúr.

A Waits lo han llamado el otro Charles Bukowski, en una comparación que, parafraseando una expresión americana, enseguida puede entenderse de dónde sale. A Bukowski lo han catalogado como el último poeta decadente que una cultura estadounidense del siglo pasado pudiera producir. Y eso, después de tantas defunciones, camuflajes y engaños, pudiera ser no poca cosa.

Bukowski en realidad nació en Alemania, de padre americano, soldado de la Primera Guerra Mundial que permaneció en suelo germano luego de finalizada la contienda. Nació como Tom a una edad muy temprana en la República de Weimar, pero a los tres años el padre regresó con la familia a Estados Unidos. Atormentado desde niño por un padre abusivo y un entorno escolar igual de anulador, vivió una vida de vaivenes con inseguridades profundas que lo hacían inconsistente en sus relaciones afectivas, y largos periodos de nulidad creativa como escritor.

Charles era un alcohólico consagrado que narraba sus experiencias de intoxicado sin pasar juicio moral alguno sobre el hábito de beber. Acusado de casi todos los pecados escritos y algunos hasta ese momento desconocidos, le endilgaron desde ser admirador de Hitler, algo contendido por quienes lo conocieron más de cerca, hasta proxeneta, en realidad era más bien asiduo cliente de prostitutas. La «decadente» atmósfera de sus crónicas en Notas de un viejo sucio llevó a que el fbi le abriera su correspondiente expediente, imagino que para regocijo de Hoover en sus lascivas lecturas nocturnas.

Linda King, escultora y una de las relaciones más o menos estables del poeta, relata lo tormentoso que era vivir con un abusivo Charles que no solo la maltrataba físicamente, sino sicológicamente: «no era que me fuera infiel, sino que quería que yo supiera de sus otras relaciones, siempre quería darme detalles de lo que hacía con sus amantes. ¿Quién hace eso, sino alguien que quiere volverte loca?». En un poema escrito después de la ruptura, Linda refiere que ella era quien sabía que Charles tenía los huevos grandes, es decir era un huevón.

La poeta FrankEyE cuenta que en una ocasión Bukowski lanzó a una persona en una silla de ruedas fuera de la casa, estaba bravo porque lo habían llamado desde la calle un beatnick.

En compañía de tontos / malgastamos los días como / servilletas de papel escribió en uno de sus poemas. Su influencia tiene puntos en común con Waits, publicó en vida en una editorial más bien pequeña, Black Sparrow, y según su fundador, John Martin, Bukowski nunca sería un autor de multitudes. Sin embargo, de acuerdo con el crítico literario Adam Kirsch en el New Yorker, no hay poeta estadounidense que no tenga en su biblioteca una sección de libros de Charles.

Cuando se leen títulos como Toca el piano borracho como un instrumento de percusión hasta que los dedos te comiencen a sangrar un poco, me pregunto cuántas otras cosas en común tendrían Tom Waits y Charles Bukowski.

Un lector una vez le escribió a Charles, según este mismo relata en una entrevista de 1981: «Bukowski estás tan jodido y aun así sobrevives, que he decidido no matarme». Que tus lectores sean los derrotados, los dementes y los condenados, como él mismo los describió, es manifestación de una grandeza que no cabe en la mediocridad embrutecedora de las industrias de consumo. Charles era un truhan, pero nunca un tahúr.

Hay cierta atracción mórbida en narraciones de derrotas. A todos nos atrae una buena historia de derrotados porque de algún modo todos cargamos, si hemos vivido lo suficiente, alguna dosis de fracasos memorablemente dolorosos. Y claro está, al final, está la muerte. Toda derrota individual es concreción de otras colectivas. Esas pesan más porque en cada historia personal se resume la derrota de toda una clase, y en esa clase nos identificamos. Quizá por eso la cultura estadounidense ha sido tan prolífica en autores de los vencidos. En esa sociedad son más los derrotados que llevan dentro el hambre de un Gatsby, a eso los han reducido. En el otro extremo los aguarda el Perry Smith de Truman Capote, en eso los han convertido.

Hay una frase común que dice que la historia la escriben los vencedores. La cultura de masas estadounidense se empeña en narraciones contrarias a la derrota porque la burguesía necesita desesperadamente borrar de la mente colectiva su fracaso como hegemón de una sociedad, que ya no puede proyectar horizonte como metas de avance. A pesar del esfuerzo y el desespero, cada vez logra menos imponer una visión de progreso. Lo que pasa es que la historia al final no la escriben ni vencedores ni vencidos, sino que la escriben aquellos que portan el sueño de sociedades que superen los presentes suicidas. El capitalismo es hoy suicidio impuesto al conjunto humano, o en palabras de Tom: ¿Qué mantiene a la humanidad viva? / El hecho que millones son torturados diariamente / sofocados, castigados, silenciados y oprimidos / la humanidad se mantiene viva gracias a su genialidad. / En mantener su humanidad reprimida. / Y por una vez debemos tratar de no torcer los hechos / la humanidad se mantiene viva por sus actos de bestialidad.

Enfrentados a la realidad de que no hay salida a su laberinto que no sea derribarlo, se empeña, ya sabiéndose y sabiéndolo truhan, en engañarnos con artes de tahúr que controla el juego de cartas con las que nos pretende servir la mesa de juego. Parte esencial de la cabriola es trastocar papeles y vendernos la idea de que los vencidos nunca podremos ser vencedores y en todo caso, nuestra victoria es nuestro fracaso. Aprovechando su condición de hegemón nos ahoga sin misericordia para luego imponernos la ilusión de que portamos la derrota como signo de nuestra existencia.  En ese sentido, el pesimismo que inducen no es reflejo de nuestro agotamiento, sino del cansancio impuesto por el asedio.  Pero nuestro pesimismo en todo caso, lleva la carga de optimismo de quien se enfrenta a un parto, difícil, heroico, tremendo, pero parto al fin.

Tom, lo que mantiene viva a la humanidad es la certeza de que es posible un mundo sin necesidad de truhanes y mucho menos de tahúres. En esta isla, en eso estamos: la comadrona ya tiene el agua tibia y se está lavando las manos, pronto oiremos el llanto.

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Autor: Ernesto Estévez Rams | internet@granma.cu

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